6 en Bogota

Divagando, sintiendo el número 2.102.000 rotulado en su frente como desempleado, número según la prensa equivalente a la cantidad de pobladores en la ciudad de Cali: es como si toda una ciudad contenida en un hombre sufriera el ardor de la desesperanza. Errante el hombre y noctámbulos sus pensamientos, macilento y amedrentado, mirando hacia el fondo sin fondo, con pasos vacilantes, con emociones olvidadas, sintiendo las entrañas tan vacías cual cántaro sin aire en medio del desierto. Un muerto laboral percibiendo la hostilidad circundante del mundo y su fulgurante civilización, sumergido en la espesa niebla de las indiferencias urbanas del buen recato, que otros iguales a él pero con actividades diferentes, enarbolan como gran virtud dentro de los parámetros de la educación impartida y que está diseñada para crear islas individuales, ganadores solitarios del acierto profesional. Éxito del exitoso, superioridad lograda con la competitividad que supera todo pronóstico y que es fría, certera, indolente pero que marca la diferencia entre el derrotado agrupado en la creciente fila de los trabajadores cesantes y el acierto del que se mantiene a todo costo dentro de las huestes laborales.

Sociedad calamitosa, desleal y pérfida, de leyes excluyentes que no preservan al hombre, que no favorecen sus derechos elementales de supervivencia, pero que están prestas a servir la incontenible voracidad del interés capitalista. Política defensora de las pírricas cifras que incrementan los salarios macilentos de miles -horda ciega de esclavos sin nombre- que a diario prestan su fuerza para acrecentar la riqueza que construyen sus manos, alimenten las bocas de los indiferentes y fulgure el éxito del solitario ganador. Pueblo de conciencia desnutrida y desnaturalizada por los estragos de la creencia, de la fe inmovilizada bajo la sombra de milenarias salvaciones cantadas en coro durante siglos, que de tanto repetirlas se volvieron costumbre. Y crece la angustia, la incertidumbre, la agonía y el dolor es solitario, tan solitario como los rumbos sociales que no saben hacia dónde ir o qué fórmula aplicar para salvar el capital y condenar al hombre. Algunos dicen que se perdió la fe y la clave de todo es recuperarla, pero ella está en el hambre a la que llega el creyente que todo lo deja en el azar del tiempo, en los golpes de la suerte, en el “sube y baje” del dólar por la quebradiza y empinada cuesta de las economías.

Continúa vacilante, sin objetivos, sin mayores rumbos el entramado social y crecen las cifras del desempleo y el dinero languidece en las bolsas,…pero… insiste la sociedad en preservar ese Dios a costa del sacrificio de todos los hombres sumergidos en el desconcierto de las economías mundiales, porque se comunizan las calamidades, pero no se comunizan los hombres y cada quien es isla separada de abruptos desencantos… ¿hasta cuando?… Calla y espera o grita y sucumbe al calor del desenfreno social sin rumbo, sin medida y sin nombre… porque la salida está en el centro del cuerpo social que hoy deambula sin conocer la salida del laberinto construido durante milenios por los actores de siempre…

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