6 en Bogota

En su labor de progreso de cada hombre hay una instancia que, si bien es compleja y casi desconocida, es aquella que marca una línea clara de hacia donde se dirige ese progreso; hacia una comprensión de lo que incide en la vida de la persona o de lo que considera importante de su existencia propia. Entonces, ¿Cual es aquella instancia que determina que recordemos algo más que otras cosas, o que aprendamos unas cosas mejor que otras?

Alguien me diría, ¿pero y eso que importa? Importa, claro, porque si en el camino del progreso material, ni siquiera sabemos como aprendemos, o como podremos recordar cosas que son importantes y no podemos memorizarlas siquiera, y mucho mas importante, como entender cosas complejas, como la actual, ejecutando un análisis racional y metódico que dé luz sobre los conceptos intrínsecos a una idea (Como los dictados en la doctrina, que muchas veces van más allá de lo inteligible tras una lectura efímera). Si bien, ampliamente conocedor de este punto es el espíritu, más no en materia que todo aquello no es tan fácil abstraer.

Y como aprendemos? como recordamos lo que aprendemos? o, en realidad «nacemos con una amplia gama de cosas aprendidas?», o como dijo algún filósofo hace siglos, «nacemos como una Tabula Rasa» o tabla en blanco, o esa gama de cosas aprendidas se limita a solo lo básico de la especie humana y algunos aspectos de orden filogenético, prevalente solo en algunos y ausente en otros. Para explicar un poco del tema, es necesario repasar algunos conceptos, modernizados, de como los especialistas ven lo que es la memoria y el aprendizaje hoy día, después de haber dado una lectura profunda de los textos del maestro Trincado acerca del tema.

Se dice que el aprendizaje es la función básica presente en animales superiores la cual les ayuda a adaptarse más ágilmente al contexto en que se desenvuelve. Así, los perros aprenden, las vacas aprenden, y aún aves y otras especies. Este proceso implica el procesamiento, almacenamiento y recuperación activa de la información. De la misma manera, cambiamos cosas ya aprendidas por unas nuevas, y se dice que así se modifica nuestra conducta. Pero no todo proviene de allí, porque también desde los animales, se hereda un conocimiento del mundo en el cual vivimos, haciéndonos más aptos para sobrevivir, desde recién nacemos. Gestos, movimientos, reacciones involuntarias que nos defienden o ayudan a sobrevivir, es lo que heredamos de los animales. Aclárese que hasta el momento no he mencionado que en ello haya un proceso racional o de uso de razón. Este último punto es poco claro a la hora de la diferenciación que hacen los especialistas de la conducta, porque pareciere no mostrar una línea tan gruesa que determine el límite entre hombre y animal: mucho menos han aquellos llegar a concebir la implicación de un espíritu en la labor racional del hombre.

Pero para aprender hay que evocar lo que vivimos y lo que traemos aprendido. Si no fuere así, todo iría como en una bolsa sin fondo, y se iría al mundo del nunca jamás. Este proceso de recuperar la información aprendida o almacenada la comprendemos como memoria, independientemente de que veamos el alma como ese archivo o el cerebro como el archivo; el punto es que hay un lugar donde se ha de almacenar esa información temporalmente, porque de hecho, las metodologías desarrolladas gracias a esta perspectiva han favorecido el aprendizaje y la capacidad de análisis de nuestra generación. Y vale la aclaración de que, nadie ha cogido un cerebro y le ha conectado un par de cables para descargar la información como si fuera un computador, tanto como los científicos alegan que nadie ha cogido un alma y le ha extraído el conocimiento, aunque sí han manifestado los espíritus sus pensamientos y vivencias.

Un enfoque que asumen los científicos respecto al estudio de la memoria más conocido hoy día sobre el tema es el conductista y neoconductista, que explica los recuerdos con base en la asociación estímulo–respuesta. Es decir que nos vemos en una circunstancia o evento que causa o genera algún tipo de respuesta. Así, de la fuerza de la asociación de los eventos vivenciados depende la posibilidad de recordar. Un ejemplo claro de este proceso de aprendizaje es el dado con el lenguaje. La persona a medida que escucha el lenguaje lo aprende, de hecho está inmersa en el medio ambiente de dialogo de ese idioma. Aun cuando hubiese predisposición hacia el aprendizaje de otro idioma diferente, se aprende el cual se habla en el entorno.

Otros estudian la memoria, desde un punto de vista cualitativo, que la estudia como proceso de integración y no únicamente de retención. Este enfoque, de carácter cognitivo y que inicia propiamente en los años sesenta, se divide en dos fases: la primera, centrada en distinguir los “almacenes de la memoria” y la segunda, a partir de 1975 aproximadamente, en la que se da un cambio teórico, y en la metodología de investigación, centrándose en los procesos implicados en la retención más o menos permanente de información.

Desde la perspectiva de estudio cognitiva–constructivista, y como autores muy conocidos, están quienes distinguen tres tipos de memoria:

• La memoria en sentido biológico. Se refiere a la conservación de reacciones adquiridas y esquemas de comportamiento de origen somático, heredadas por la especie.
• La memoria en sentido amplio. Comprende resultados de aprendizaje, evocación de imágenes, hechos de recognición, conservación de hábitos.

En los humanos, el hábito incluye dos aspectos: la reproducción de un conjunto organizado de esquemas sensomotrices y, previo a ello, el reconocimiento de un indicio perceptivo. También se considera en este tipo de memoria la conservación de los esquemas adquiridos por el sujeto que se constituyen en operaciones.

• La memoria en sentido estricto. Su primer criterio distintivo es la referencia explícita al pasado: es el reconocimiento o evocación de lo que se ha percibido de antemano. Esta memoria sólo versa sobre situaciones, procesos u objetos de carácter particular que están encadenados al pasado del sujeto, lo que no ocurre con la memoria relativa a los esquemas y hábitos, que pueden ponerse en acción sin que se dé esta relación con el pasado.

Jean Piaget por su lado define la memoria como “un almacenamiento de informaciones codificadas gracias a procesos de asimilación perceptiva y conceptual“, que implican una dimensión temporal, convendría agregar. En este artículo se hace referencia a la memoria en sentido estricto, dejando fuera los aspectos de carácter heredado o memoria biológica y los que corresponderían a la adquisición de hábitos.

 Como podremos observar, en sí la memoria es vista como el complejo a través del cual todas las vivencias se condensan dentro de un archivo. Este archivo nos permite acceder de una manera organizada a lo que en el se guarda, continuamente. El donde, es nuestra cuestión. No podremos por razones obvias asumir que todo este conocimiento acumulado durante la existencia de una persona se acumula en su cerebro; mucho menos que es el espíritu quien lo acumula, puesto que utilizando la lógica entenderemos que no le sirve de mucho recordar por ejemplo la vez que iba caminando hacia el colegio y llovió (y vivía en un lugar donde llovía a diario). Más si algo le sirve al espíritu es el extracto adyacente a ese evento, el cual implica haber hecho uso de la razón y llevado la instancia de mojarse bajo la lluvia, a una perspectiva de comprensión de la lluvia más allá del evento como tal. Este punto, ya no implicaría el uso de la memoria, ni del aprendizaje sino una instancia superior del uso de la razón.

Es allí donde podremos observar la acción del espíritu sobre la materia, puesto que este marca una clara diferencia en la aplicación de la experiencia más allá de la actividad anexa a la experiencia, como quien aprende a conducir: no lo hace sabio el hecho de saber conducir, sino el proceso de la reflexión llevada a través de la razón acerca del hecho de ahora saber conducir y poder explicar, justificar y sustentar la experiencia de conducir. El hecho básico de aprender a conducir, lo puede llegar a realizar quizás hasta un simio (porque los han entrenado), pero nunca llegarán a hacer este análisis racional.

Pero asta este punto no he explicado desde esta óptica, a donde van estos recuerdos, adonde se acumula temporalmente esta información por procesar. Esta información, acerca de lo que vivimos el día a día, los hábitos malos y buenos, los recuerdos desde el número de teléfono del vecino hasta de la experiencia más traumática, como ya nos dice esta teoría va a algún lado. La discusión de los teóricos del aprendizaje es a donde va porque por más que la localizan, siempre la realidad y los avances los contradicen y contradecirán hasta cuando la coloquen en el lugar donde realmente está.

Hagamos la labor y el favor de localizar ese archivo: el alma. Allí es el lugar perfecto donde tenemos acceso, donde almacenamos organizadamente y vamos borrando lo menos necesario a medida que se hace necesario (como el color del vestido de la persona que se sentó al lado mío y que nuca volví a ver). Pero recordar si la persona me agredió, me hizo gran daño; quizás si necesite recordar del porque lo hizo y si ese daño habrá tenido que ver con algo más de lo cual no tenga conciencia inmediata. ¿A quien le interesa recordarlo?, al espíritu, quien verificará si es que hay deudas pendientes, si hay motivos a saldar o motivos creados a partir del daño hecho, en fin, lo que fuere, pero el valorará el peso del recuerdo del evento y lo sopesará para acumularlo y evocarlo cuando necesitara tenerlo presente. Nuestro frágil cuerpo se saturaría de recuerdos inútiles y aprendizajes sin mayor profundidad si este proceso se ejecutara en él. Y porque no decimos que es al cuerpo a quien compete esta labor de filtrar esta información?, porque el cuerpo se deteriora, falla, y finalmente se degrada a materia descompuesta. No siempre tiene un estado optimo de funcionamiento para realizar la tarea de organizar, clasificar, evocar y filtrar para su mejor uso de los hechos y vivencias de la persona, mientras que sí lo hace el espíritu y su archivo temporal, el alma, que tienen las condiciones optimas para acumular en un estado pertinente lo que se aprende y se necesita recordar, aislando la trama del aspecto biológico, indispensable para el ser y presente en todos los animales, lo cual les permite adaptarse y sobrevivir, y que una vez sin necesidad de ello, ya no le sirve de nada, tanto como las viejas costumbres como la de tomar una taza de café los atardeceres observando la puesta del sol. Esto en sí no es necesario para el espíritu.

Pero, hay recuerdos, que el cuerpo rechaza y que siguen allí, hay cosas que aprendemos algún día y no podemos recordar, aun siendo jóvenes; hay personas que olvidan todo, lo que vivieron hoy, hace un mes, o todo lo que vivieron en un momento del pasado. Valdría la pena analizar, quien es que olvido, si el cuerpo o el alma. Yo consideraría por razones muy claras, que el fallo del sistema originado en el muy imperfecto cuerpo causa esto, y cuando desencarnado el espíritu retoma su condición optima, encuentra la trama de recuerdos porque no se perdieron: el cuerpo fue quien no los pudo abstraer.

No amplío más, pero dejo una inquietud sobre este tema y espero sea ampliado, mejorado y considerado mas profundamente por nuestros estimados lectores. Vale la pensa recordar que eta es la manera como personalmente lo entiendo, no certeramente como Joaquin Trincado lo contempló en sus escritos.

 

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