20 en Bogota

«Hay dos maneras de difundir la luz… ser la lámpara que la emite, o el espejo que la refleja.»

Lin Yutang

Solo quienes vivimos ciertos hitos de la historia reciente, y tenemos la claridad de los hechos, así como la libertad absoluta de conciencia que nos permite definir, analizar y evaluar, podemos entender cual es el valor de la historia respecto al progreso humano.

La historia puede ser una herramienta útil para contar y relatar los sucesos, pero per sé, puede adicionalmente ser la peor enemiga del progreso, obscureciendo el horizonte, anulando la libertad de pensamiento y erigiendo monumentos de falacia a favor de quienes desean que la realidad y la verdad permanezcan enterradas en el olvido.

No es necesario ir tan al pasado para ver como se da la historia y si esta se relaciona con los hechos y como se tergiversa de fácilmente. Recuerdo un poco que en la década de los 1980’s, tras «La toma del Palacio de Justicia» en Bogotá, todos los medios de comunicación denominaron de héroes a todos los actores que supuestamente dieron fin a esa pesadilla, aunque con violencia, pero la finalizaron.  Héroes y galantes hombres cuyas decisiones retomaron el control del palacio demostrando el poder del estado. Eso es lo que puedo escasamente recordar.

Hoy día, esa realidad cambió; debieron pasar casi 20 años para que se desenmascarara lo que realmente sucedió allí, el holocausto y el drama de muchos inocentes asesinados por quienes siempre se supuso iban a rescatarlos. Un hecho que por poco pasa a la historia en blanco y sin conocimiento de la humanidad que quizás un centenar de años en el futuro celebraría el hecho heroico vanagloriando las acciones de estos actores del estado, por sus presuntamente valerosos esfuerzos.

Más recientemente, vimos la llegada de un caudillo vestido de Jefe del Estado, proclamando y prometiendo mil cosas, entre ellas el fin de la corrupción del estado, de la violencia y otras ilusiones que llenaron los corazones de muchos de esperanza. Durante ocho años vimos por los medios las efectivas acciones de este hombre y con sorpresa, muchos de sus logros. Pero tuvieron que pasar solo un par de años para descubrir que la corrupción prometida nunca se desapareció, y contradictoriamente el estado era más corrupto aún, que la violencia cesó para algunos, pero permaneció y se hizo mas fuerte contra otros, y la economía se fortaleció, para quienes tienen el poder.

Hoy día la prensa lo dice, no yo, porque sin embargo hay miles que fanáticamente y frenéticamente aún creen en aquel caudillo político,  y niegan fervorosamente que alguna vez hiciere algo mal, reaccionando violenta y agresivamente a quienes cuestionan sus acciones y las de sus aliados. Este personaje, seguramente bajo el comando de quienes le siguen y casi fanáticamente le defienden, dentro de 100 años, habrán quizás escrito una biografía suya, proclamándole como el máximo, el mejor, y presentando solo bellezas de sus acciones cuando tuvo el poder.

Si bien, hoy día existen los medios de comunicación, la escritura, la sofisticación de las comunicaciones, la información nos llega fácilmente, y aunque nadie nos limita aparentemente, el ir contra la ideología popular nos hace enemigos y blanco de señalamientos y hasta amenazas.

¿Como sería entonces en la época de Jesús de Nazaret y después?, cuando eran muy pocos los que escribían, y la mayoría de información se transmitía verbalmente? ¿Hemos imaginado eso mismo en el mundo actual y como veríamos los sucesos?

Aun, solo volteando la mirada a hace 100 años, pensando en el Maestro, Joaquín Trincado Mateo, nos encontramos con una barrera sólida que cuenta una historia vaga acerca de él y demasiado poco de su niñez, de su vida en España, como si allí no hubieren registros de como fue su vida, si no hubiere tenido mayor familia en estas poblaciones: tíos, primos, hijos, padrinos, amigos, etc. que contaran alguna historia veraz sobre él. Y muchos caímos en el grave error de llevarlo a un nivel de ídolo, algunos incluso fanatizando sus frases, utilizando secciones de sus textos para justificar favores políticos, económicos, sociales, pero pisoteando la persona del Juez, del Maestro y de la doctrina misma, por desconocimiento y quizás tergiversación de la verdad misma que se nos encomendó. Pero olvidamos al hombre, el hombre cuyo alto espíritu, con cuya luminaria, pudo más sobre su frágil materia para llegar a ser el Juez de la Humanidad, fundador de nuestra escuela y Maestro Nato.

La historia no es el juego de contar las cosas que mejor suenen. Ni tampoco por hacer honra a quienes ya desencarnaron, o de relatar como entendemos particularmente los sucesos, de la manera por la cual lo hacen muchos periodistas. No. La historia ha de contar los hechos como tal, para aprender de los errores, comprender las limitaciones y que sirvan de guía para superar las barreras del conocimiento y ser el impulso para el progreso. La lección no parece haber sido aprendida después de veinte siglos de ignominioso engaño, porque quizás preferimos vivir en él.

Aunque sea nuestro deseo vivir de una falacia, ¿Tenemos el derecho de envolver en ello a las generaciones futuras, tal como lo hacen los religiosos al bautizar por derecho propio en su culto a sus hijos? ¿Acaso no sería mejor honrar la verdad, buscando y develando hechos que nos ayuden a comprender mejor los sucesos, darles validez o quitársela, sin distinción de cargos, jerarquías, importancia social, política o económica?

Siempre llega a nuestras manos y a nuestra voluntad el camino mas sencillo, en el cual damos el menor esfuerzo, dado que aquel en el cual debemos pensar, racionalizar, analizar y deducir, se nos convierte en la piedra en el zapato que deseamos desechar; aun cuando no sea por voluntad propia, sino por el cansancio de una vida difícil, injusta, llena de necesidades e inequidades, a la cual luchamos por sobrevivir. Sin embargo, es necesario ir más allá de estos conceptos para llegar verdaderamente a la comuna de amor y ley.

Es un punto de vista para analizar.

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