12 en Bogota

Desde que en el siglo IV a.C., Aristoteles ideó un esquema en el cual explicaba el ordenamiento del universo y el lugar de la tierra en el mismo, donde la tierra era el centro del mismo y los demás astros giraban alrededor. Sin embargo, la concepción como tal no proviene de él sino quizás de la idea de que «somos y estamos en este lugar,» de que eso es todo lo que hay en el universo.Desde que en el siglo IV a.C., Aristoteles ideó un esquema en el cual explicaba el ordenamiento del universo y el lugar de la tierra en el mismo, donde la tierra era el centro del mismo y los demás astros giraban alrededor. Sin embargo, la concepción como tal no proviene de él sino quizás de la idea de que «somos y estamos en este lugar,» de que eso es todo lo que hay en el universo.
Nuestros ojos, desde el punto de vista conceptual no nos permiten ver más allá de lo que un telescopio nos puede dejar ver: un universo compuesto por centenares de luces minusculas lejanas y distantes en el espacio. Pero en la época de Aristóteles, Ptolomeo y Copérnico, esa no era realmente una opción, y cuando lo fue, solo se podían ver ciertas cosas. El resto de conclusiones, se llevaban a cabo a través de análisis y estudios, a través de un estricto y profundo uso de la razón y de la lógica, apoyados en la aplicación metódica de las ciencias, para entonces básicamente de las matemáticas.

Es así como vemos al espíritu del hombre realizar la labor más sublime y única de su especie, la cual, hoy día nos serviría para entender mejor la labor del espíritu mismo en la vida humana. Llegar a comprender el universo, su ordenamiento a través de la observación básica de unas minúsculas luces, del cómo se mueve y de su tamaño, con tal precisión, es algo que definitivamente un cerebro humano por complejo y único que sea no podría hacer.

Pero, sin embargo, todo se circunscribe a una época, a la comprensión de las cosas en ese momento, donde no había mayor idea de lo que se observaba y como se podía observar. Mucho menos de lo que sería el universo, o de si realmente hay algo allá afuera.

Sin instrumentos complejos de medición, y algunas pocas herramientas que se iban creando para esa función, aquellos filósofos sumergidos en la concepción de «somos» y lo que no vemos «no es», porque no se puede explicar lo que no se ve, buscaban la manera de entender el mundo, a sí mismos, su posición en el mismo, y lo que les rodeaba, solo observando algunas luces alrededor durante las horas de la noche.

Hasta ese punto solo podía el hombre entender un mundo como centro del universo, puesto que este era el universo para él. Y había también conveniencia de que esto fuera así, porque si ese era el todo, lo que en él sucediera tendría un impacto único sobre los seres que allí habitan. Por ejemplo, si existiese un Dios, y a este Dios le preocupara solo los seres de ese mundo Tierra, serían sus «únicos» seres especiales (no digo hijos, porque no se entendían ni se entienden como el concepto de hermanos). Pero si por el contrario hubieren otros planetas y este no fuere el centro del universo, habría tocado colocar al Dios fuera del mundo, y ya el ser humano no sería tan exclusivo como para que el Dios enviara a un hijo «exclusivo» a la tierra para dar mensajes «exclusivos» a los habitantes de la Tierra, puesto que entonces le habría tocado enviarlo por igual a todos, y esto pondría una traba al concepto de Dios.

Pero el mundo entonces aparentemente se dice que evolucionó, la tecnología dicen que llegó a tal punto de poder ver el universo y se constato que evidentemente no era la tierra el centro del universo, que giramos alrededor del sol y que el sol es parte de una galaxia llamada la vía láctea, la cual es solo una entre miles de millones. Para entonces científicos y astrónomos como Carl Sagan decian «es demasiado probable que no estemos solos en el universo», palabras que con la burla socarrona del Vaticano, fueron opacadas por más de una década, hasta que el hombre llegó a Marte y encontró allí signos de vida, ante lo cual menos no pudieron decir que «quizás haya alguna posibilidad», quizás, en términos de que si no es cierto, dirán, «jamás afirmamos lo contrario», y de ser cierto dirán «siempre aceptamos la posibilidad de que había vida en el universo».

Pero aun es difícil entonces explicar, como siendo el «Cristo» quien se dice es, como no sabía de este ordenamiento del universo, ni hacer la más mínima mención de que fuera de nosotros había muchos hombres más en otros lugares lejanos del universo. Ojo, no digo Jesús, porque sabemos las menciones que él hizo en relación al ser hermanos e hijos de dios y a lo dicho por Abraham y otros predecesores en esta labor. El Cristo resulta siempre excluyente de cualquier concepción que resulte nociva para la tendencia a un uso mínimo de la razón. Y esto se hace evidente tras las posturas asumidas a través de la historia frente a este tema del Geocentrismo, que, si bien fue aceptado, su esencia siempre ha tenido sumergidas las manos en el pensamiento filosófico y «teológico» desde entonces hasta la fecha.

Prueba de ello se encuentra en el hecho de que no se hace la recreación de un Cristo adoctrinando a los habitantes de Marte en las películas de Hollywood. No la hay, simplemente porque no se concibe hablar de Cristo, el Señor, nuestro Dios, etc. a seres de otros mundos, porque obviamente no les interesa, por no ser un hecho de su incumbencia, así el Dios Cristo, o como lo llame la religión que sea, no vale para ellos, puesto que ellos tendrán por lógica una posición distinta frente al tema del Dios, así el Dios de las religiones se diga Omnipotente, Universal, etc. Tampoco encontramos historias escritas de los mejores autores donde se mencione nada al respecto, asi sean los magnánimos PHD, conocedores del tema, que no hacen mayor mención, no por ser poco importante, sino porque no lo entienden.

Sin embargo la idea de que la tierra es solo un planeta más en la inmensidad cósmica, y de ser parte de ello, solo se mantiene en el punto base de la ciencia, porque la verdad nos muestra que en términos filosóficos, y prácticos, la tierra sigue siendo el centro del universo, dado que más allá del hombre no sigue habiendo nada más. Y no lo es porque como no puede el hombre ir a ningún otro planeta en carne y hueso, para hablar con otros seres como él en otros planetas, los otros planetas no existen o no tienen vida, de hecho. Peor concebir que en esos lugares el Dios que tanto ha humanizado los habitantes de la tierra, también es para ellos, puesto que el mismo creador es.

Este es el punto donde la concepción sigue estática, porque si no podemos salir de la tierra para ver el universo y entender que allá donde quiera se observe hay vida, lo negamos mas allá de la duda racional, y el poco uso de la razón que nos llevó a entender un poco de lo que nos rodea, ahora nos hace ciegos, porque no podemos ver lo que nuestros ojos no alcanzan a ver, y al ser así, lo que no vemos no existe.

Triste ceguera de la ciencia, y para empeorar, aturdida y atontada y ensordecida por los credos y dogmas de la religion.

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