13 en Bogota

El hecho de contemplar la parte de la vida en la cual se ha de vivir con la realidad de ver partir al familiar o la persona estimada, tras fallecer (desencarnar); no volver a saber más de ella; además de limitarse a recordar los momentos vividos con la persona y lamentar las desavenencias cuando entre aquella persona no hubiera habido entendimiento total, constituyen un tema más que el espiritista racionalista ha de comprender y desarrollar dentro de su ámbito de estudio.

Mucho análisis se realizó en las épocas de oro de la filosofía clásica, pero de tales conclusiones y avances desde el punto filosófico realmente fueron los que «murieron» tras el golpe fatal que le propinó la ciencia, concibiendo pues, la muerte como: «La degradación y proceso de extinción homeostático que según esto es el causante de la vida, el cual tras iniciar, es irreversible e indetenible, por lo cual un cuerpo humano en esta condición simplemente se degradada totalmente y por ende se da el fin de la vida de un organismo vivo.»

No obstante, la lógica y nuestro estudio a través de las doctrinas del espiritismo luz y verdad nos ha enseñado que la vida no se acaba con el hecho de la muerte, porque si fuera así ya no habría vida, por un lado, y por el otro tendríamos que considerar que el concepto de vida como tal está probablemente errado para llegar a tal asunción.

Pero para llegar a un punto de vista global de esta realidad, debemos partir de un punto de vista biológico de la vida a la muerte, para llegar a la perspectiva completa vista desde el espiritismo. Así, la biología al hablar de la vida hace referencia al estado o carácter especial de la materia alcanzado por estructuras moleculares específicas, con capacidad para desarrollarse, mantenerse en un ambiente, reconocer y responder a estímulos y reproducirse permitiendo la continuidad autónoma del ser. Pero que tanto del mundo y del universo, donde los procesos que se suceden implican cambios autónomos y de transformaciones que implican vida sin la presencia de un animal, vegetal o protisto, como los dados en las cavidades volcánicas donde, entre materia sulfurosa e incandescente han surgido seres biológicos?. Igual, según este enfoque de la ciencia, la vida terrestre surgió de la vida terrestre. Siempre hubo dinosaurios, insectos y bacterias. Pero al llegar al punto inicial de esto, se habla de una chispa, que no se precisa el termino pero se aproxima a “mágica”, la cual se dio “per se”, quizás por casualidad.

Mucho menos llegar a concebir que por encima de la vida animal vegetal o bacteriana hay vida, en una forma superyacente a la vida “tangible”. Allá es al lugar donde el tema se dirige, porque según estas cuentas tras extinguirse un cuerpo humano su vida acaba, no queda más de la persona. Por ello, un mundo entero habla, ha hablado y por lo pronto seguirá hablando de «muerte».

Ahora bien, pensemos un poco en el término muerte y desencarnación. La muerte como tal es concebida como el fin de la vida, lo opuesto al nacimiento. El evento de la muerte es la culminación de la vida de un organismo vivo. Sinónimos de muerto son occiso (muerto violentamente) y difunto.

Se suele decir que una de las características clave de la muerte es que es definitiva, y en efecto, los científicos no han sido capaces hasta ahora de presenciar la recomposición del proceso homeostático desde un punto termodinámicamente recuperable.

Tras hacer una breve recopilación detrás del término desencarnación, con sorpresa me encuentro con definiciones de este término partiendo de la muerte, llevándolo a una concepción circunstancial y quizás no lógica, puesto que implica el fin de la vida. Por una razón muy importante Joaquín Trincado hizo allí una separación entre los términos, tras ver que desde Kardec había una noción adversa de muerte mezclándose con la concepción de la desencarnación y fue enfático en sus textos de la necesidad de utilizar este último término al referirse a el proceso de separación de espíritu y su alma del cuerpo material.

Nuevamente, es bueno recordar que la definición de muerte se diga como el fin de la vida, y por ello en absoluto puede servir para definir el proceso de desencarnación. Para este propósito asumimos la necesidad biológica de la separación del espíritu de un cuerpo el cual por cualesquiera sean las causas comienza su proceso de degradación en un proceso de transformación, liberando todos los fosfatos, hierro, calcio y demás elementos constitutivos de esa materia en descomposición que alguna vez fuera parte de un ser humano.

En la Revista Balanza del 15 de Noviembre de 1939, bajo el titulo de “La Física Atómica y la Escuela” , halle una mención muy interesante del tema citando lo siguiente;
“Ciertas moscas pequeñísimas, denominadas “curtoneuras”, dotadas de una sensibilidad especial, son las primeras que perciben la inminencia de la llamada muerte y se hacen presentes cuando aun el cuerpo está con vida, empeñándose en depositar sus huevos en los ojos, boca y nariz del moribundo, piadosa ofrenda y ultima que habrá de recibir en vida a través de la cual se acelerará la desintegración del cuerpo, larvado por los millones de diminutos seres que en el se entregaran insaciables a un prolongado y repugnante festín.
Ocho clases de insectos diferentes intervendrán en el proceso eliminativo de nuestros tejidos, hasta dejar en el lugar de lo que antes fuera un cuerpo inflado de vanidad egolátrica, el austero diseño marfilino del esqueleto que nos mantuvo erguidos. Ocho familias de insectos que habrán de alimentarse en los despojos, cada una de las cuales corresponde a una de las ocho fases de la fermentación pútrida, la que se inicia con el momento en el que la piel toma en general un color amarillento, con verde claro en el vientre y verde oscuro en la espalda. Viene luego la fermentación butírica que da lugar a lo que vulgarmente se conoce como “sebo de cadáver “a la que sigue la fermentación caseica; más tarde la fermentación amoniacal, la licuefacción negra de las carnes y con esto la putrefacción entra en su fase final, correspondiendo las otras etapas a la desecación y momificación del cadáver que al cabo de tres años, gracias a la activa intervención de moscas, coleópteros distintos y ácaros necróforos, ha quedado convertido en un puñado de huesos que ni hedor despiden y para los cuales no existe ya ni la obligación del recuerdo, si a guiarnos vamos por las vacías formulas de la frivolidad social, que al cabo de ese tiempo ha levantado ya el rigorismo de su imposición al luto, bandera de un dolor a plazo fijo. En solo tres años, a excepción de los huesos todo ha terminado….”

Tras esta descripción, lo primero que una mente racional ha de inferir es la pobreza en la formulación del termino muerte para definir el proceso que acabamos de citar, además de reduccionista es de considerarse realmente inapropiado. Más razón aun hallamos al explicar los motivos de para referirse a la desencarnación, la cual etimológicamente hablando hace referencia clara a eso: el proceso de descomposición de la carne y de separación de ella del espíritu y su alma.
“¿Qué queda luego del crudo proceso,…, del ser que tan orgullosamente posaba su planta sobre el planeta?… Poca cosa: La chispa creadora y eterna que mantuvo unidas y armonizadas todas esas células. Una vibración más en medio de los incontables millones de vibraciones que en conjunto estructuran la obra, inconcebible por su magnitud, de la creación en sus dos aspectos: visible e invisible… Poca cosa, digo, para la superficialidad de estos tiempos cuyos groseros conceptos hacia las cosas de un orden superior, hacen las gentes legiones de fanáticos, mas dadas a oficiar los productos de su inteligencia en aras de un materialismo retrogrado o de un sofisma teologal….”
Y mas bien digo yo, poca cosa hizo según algunos el Maestro Trincado al buscar redefinir este termino tan manoseado por algunos, para mantenerse a la margen de la concepción religiosa, que condena al espíritu y lo mantiene en el olvido y en el mundo del “nunca jamás”, forzando sin embargo el uso del termino muerte, para dar a entender la circunstancialidad de la vida y a una temporalidad absurda. Claro para dar tributo al aquí y al ahora, a la materia presente y desacreditar a la materia ausente (por no decir no visible).

No obstante es de contemplar, hoy día, muchos años después de aquel articulo en la balanza, la realidad tangible de la indiferencia y a veces incongruencia de la humanidad, incluyendo espiritistas y espiritualistas (porque a la final de un modo u otros al menos aquellos espiritualistas aceptan que existe un espíritu), que todavía rinden culto extremo a la materia, a los beneficios de la materia, al poder, a la posición jerárquica asignada por su sociedad inmediata (grupo, asociación, congregación, etc.), a la posición económica y otras actitudes que nada de importancia le dan al espíritu el cual dícese ser su objeto de estudio y de labor. Y si la labor del espíritu es el progreso, ¿Qué entenderán o entenderemos por progreso? El material, que es temporal y del cual solo lo aprendido y vivido el hombre se lleva, o es que la posición jerarquica, el poder social y demás se los lleva tras desencarnar el espíritu de esa importante materia?. Habrá que analizarlo mucho más.

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